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Beatísimo
Padre.
Escribimos humildemente a Su Santidad con el deseo de hacerle
conocer lo que estamos viviendo en lo hondo de nuestro corazón.
Antes que nada sentimos la necesidad de expresarle nuestro
agradecimiento por las enseñanzas que Su Santidad ha prodigado
en las Audiencias, Homilías, Cartas y Encíclicas que desde hace
años acompañan nuestro crecimiento espiritual. Esto nos ha
asegurado ‑y creemos que a toda la Iglesia‑ un enorme provecho,
especialmente en estos tiempos de profunda crisis.
Las enseñanzas de S. S. representan verdaderamente una
liberación del horror espiritual de los tiempos modernos, un
refugio firme y un alimento seguro para el alma, después de
haber sido adoctrinados con tanta engañosa sabiduría y tantas
interpretaciones personales erigidas en falsos dogmas.
Gracias a Su Santidad está comenzando a encontrar remedio el
malestar espiritual que venía anidándose, desde hace años, en la
Iglesia. Malestar que hemos percibido con gran dolor. Malestar
debido a la confusión entre lo verdadero y lo falso, lo justo y
lo erróneo, cada vez más difíciles de distinguir y percibidos
con menos nitidez, aún por los mismos pastores.
Desgraciadamente, empero, queremos comunicar a Su Santidad lo
que en verdad nos preocupa, algo que hemos experimentado al día
siguiente del 7 de Julio del 2007 en la sencillez de una
cotidiana vida de parroquia.
En particular, queremos poner en conocimiento de Su Santidad lo
que ha sido nuestra vida, como la de tantos otros, después del
Motu Proprio ‘Summorum Pontificum’.
Gracias a este documento y a la sensibilidad litúrgica de Su
Santidad, (cercana al corazón de quienes, como nosotros, no ve
ningún “mal” en la expresión litúrgica de la fe que ha
alimentado a tantos santos en tantos siglos de vida de la
Iglesia) hemos obtenido, no sin muchos sacrificios, sufrimientos
y humillaciones por parte de nuestro Obispo, la celebración de
la Santa Misa de siempre en un oratorio externo a nuestra
parroquia.
El gozo de descubrir la Santa Misa amada por nuestros padres
‑que la creían eliminada para siempre‑, se ha empañado con la
gran desilusión de constatar que esta Santa Liturgia no ha
encontrado lugar dentro de nuestra amadísima comunidad
parroquial.
En el Art. 5 § 1 de Su Motu Proprio ‘Summorum Pontificum’,
Usted, Su Santidad, ha hecho un gran don a toda la Iglesia,
reafirmando la importancia y la centralidad de la parroquia y de
la comunidad parroquial unida ‘en’ y ‘por medio de’ la liturgia.
Algo que desde hace años, en justicia, se exigía que fuera
aclarado.
Ha dicho, allí, claramente, que la tradición litúrgica de 20
siglos no ha sido “excomulgada”, sino que siempre ha sido
válida, lícita, legítima y santificante. ‘Summorum Pontificum’
fue verdaderamente un gran acto de justicia.
La extraordinaria grandeza de este documento, creemos, reside en
el hecho de que por fin la Misa de siempre ha querido ser
devuelta a la vida parroquial de todos los días y no se ve más
relegada sólo a las ‘manos’ privadas de asociaciones ‑que
merecen ciertamente aplauso por haber conservado este tesoro‑.
Porque la verdadera Tradición no reside tan solo en palabras y
gestos codificados en la antigüedad y transmitidos por la
Iglesia durante siglos.
La tradición es también el vínculo de la propia sangre con el
propio suelo. Las raíces que se hunden en la propia comunidad.
Es allí donde se experimenta verdaderamente el sentido místico
de la tradición. No una ley o un rito, sino una comunidad de
espíritus, unidos y vivientes, que ni siquiera la muerte ha
tenido el poder de separar.
En la parroquia nuestros antepasados, nuestros padres y nuestros
descendientes, todos, están unidos espiritualmente a nosotros,
como un solo pueblo, vivo y reunido frente al Sacrificio de
Cristo. Éste es el sentido de la así llamada “Iglesia local” que
hacemos nuestro.
Pero ¡qué tristeza constatar que se nos ha impuesto una opción
trágica: elegir si mantener nuestras raíces, pero humillar
nuestra sensibilidad litúrgica o, por el contrario, alimentar
esta sensibilidad, pero erradicando nuestro vínculo con la
parroquia, obligándonos a transformarnos en fugitivos,
exiliados, relegados a una capilla, sin párroco, sin una
verdadera y propia cura de almas!
Frecuentemente estas capillas son ‘centros de Misa’ que reúnen
personas de todas partes. Todos en fuga de sus respectivas
parroquias y que no tienen manera de santificarse, así, del
mismo modo que lo harían accediendo a la fuente de la Tradición
en el lugar donde tiene más sentido que ella se manifieste.
Esta exclusión de la vida comunitaria y parroquial es una
verdadera ‘guetización’ y es la auténtica causa de esta división
no querida, sino padecida.
Casi como si la Tradición fuera una enfermedad infecciosa que
debiera mantenerse a distancia para evitar el contagio de los
católicos aún indemnes. ¡Cuánto querríamos poder participar de
la Santa Misa de siempre celebrada por nuestro párroco, en
nuestra parroquia, del mismo modo en que escuchamos la Santa
Misa en su sacrosanta Forma Ordinaria!
¡Y sin embargo ha sido arrinconada lejos, cual si se tratara de
un subproducto de la liturgia católica, de dignidad inferior, y
merecedora de ser frecuentada sólo por católicos de inferior
dignidad!
Sin hablar de los muchos problemas que han comenzado a
precipitarse sobre nosotros desde que pusimos a disposición de
los sacerdotes de todo el mundo el ‘Misal Romano’ del Beato Papa
Juan XXIII con las explicaciones y comentarios espirituales
ligados a los ritos de la Santa Misa. Inconvenientes de toda
índole y padecimientos, tanto en la comunidad parroquial como en
nuestra Diócesis.
Son incontables los agravios que día a día nos toca sufrir, las
burlas antes desconocidas, las hostilidades y reacciones ‑a
veces destempladas y de auténtica mala educación‑ por parte de
sacerdotes. Sea por estar definitivamente en contra de celebrar
la Santa Misa en lo que, según ellos, –y menospreciando el
parecer de Su Santidad– es una forma obsoleta y anticuada, o
porque en la Diócesis no hay nadie que esté dispuesto en lo más
mínimo a enseñarles este ‘ars celebrandi’.
En la práctica, como si nuestro amor por la Sacrosanta Liturgia
de siempre (que ha acompañado en todo momento de modo armónico y
nunca polémico a la Sacrosanta Liturgia conciliar) y nuestra
obediencia a Su Motu Proprio invitándonos a aprovechar los
tesoros del culto tradicional, en lugar de ser apreciada por el
clero como una manifestación de espíritu cristiano, representara
algo vil, sucio, impuro.
¡Nos sentimos, por nuestra fidelidad a Su Santidad y a Cristo,
como si fuésemos apestados, mantenidos a prudente distancia y
maltratados!
Hay momentos en que los pastores nos hacen sentir fuera de la
comunidad parroquial ‑y, aún más, fuera de la Iglesia‑ con sus
continuas acusaciones, críticas y agravios. Si no participásemos
de la Misa de siempre, estas personas se cuidarían bien de
señalarnos con tanta maldad.
El resultado es que ‘ahora’, gracias a estas continuas y sutiles
persecuciones, somos nosotros quienes nos sentimos, a pesar
nuestro, lejos de la Iglesia. Sentimos con vivo dolor que
nuestra Madre Iglesia nos ha echado de casa, dado la espalda,
humillado. ¡El vacío que experimentamos es terrible!
Es decir, sufrimos dolor al constatar que muchos sacerdotes y
muchos obispos interpretan la Fe Católica (la nuestra) y la
Divina Liturgia (la nuestra) que es la expresión final de esa
Fe, no en ‘continuidad’ con su bimilenaria Tradición (como Su
Santidad ha explicado más de una vez), sino en abierta e
incurable ‘ruptura’ con ella, haciendo de esto, incluso, una
bandera que ha de mostrarse audazmente al mundo.
Resulta tremendo experimentar todos los días, tangiblemente, que
en la mismísima Iglesia es imposible tener la libertad de
adherir plenamente a todo cuanto el Magisterio enseña, sin
sufrir motetes y sarcasmos.
Esto es sencillamente absurdo. Somos simplemente católicos,
hijos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, obedientes al
Vicario de Cristo y a sus leyes, fieles a su enseñanza y
deseosos de participar en el mismo Sacrificio de Cristo, que
tiene lugar tanto bajo la Forma Ordinaria y moderna como bajo la
Extraordinaria y más antigua de la única Misa Católica.
Sentimos que nos han dejado solos, a merced de gente que nos
detesta, puesto que, desde que el Motu Proprio fue promulgado,
su aplicación ha sido obstaculizada constantemente y en todas
partes. En algunos casos, incluso, arbitrariamente impedida con
amenazas, prepotencia, injurias, venganzas, sea para con
nosotros los laicos, sea, sobre todo, contra aquellos sacerdotes
dispuestos a ofrecer esta Misa al pueblo de Dios.
No se han tomado medidas realmente eficaces para que, en nuestra
Iglesia Católica, sea permitida la pacífica convivencia de las
dos formas del mismo Sacrificio, con el consiguiente
enriquecimiento mutuo.
Antes que recibir esta avalancha de insultos y humillaciones de
parte de cristianos e, inclusive, de parte de los mismos
pastores que deberían precedernos en la obediencia a Su
Santidad, preferiríamos, casi, retornar a las catacumbas, donde,
sin embargo, los cristianos eran verdaderamente hermanos y los
enemigos tenían rasgos fácilmente identificables. Aquella
Iglesia humilde y oculta aparecía más unida y fiel que la de
hoy, desgarrada en su interior por corrientes, facciones,
interpretaciones contrastantes, religiosas o no, independiente y
malévolamente fantasiosas.
De los continuos testimonios que el sitio web registra desde
hace meses, podemos afirmar que estamos seguros de que esta
experiencia que vivimos no es un caso aislado.
Hemos optado por hacer pública nuestra sentida carta, que
humildemente hemos decidido presentar a Su Santidad, para reunir
también espiritualmente las invocaciones y sufrimientos de
muchos otros católicos que se hallan en nuestra misma condición
y han sufrido los mismos vejámenes y humillaciones.
Queremos que Su Santidad esté al tanto de esta realidad.
Asimismo queremos que los fieles que no conocen la Tradición
Litúrgica de la Iglesia, se den cuenta de que, en el estado
actual, existen graves problemas para la coexistencia pacífica
en el interior de la catolicidad. Y no, ciertamente, por culpa
de aquellos que aman la Tradición.
Imploramos a Su Santidad, de todo corazón, tomar las medidas
adecuadas que solo Vd. es capaz de implementar, para que el Motu
Proprio ‘Summorum Pontificum’ sea aplicado en las
parroquias.
Que Su Santidad nos ayude a poder alcanzar esos frutos de
santificación en nuestra comunidad parroquial, con naturalidad y
sencillez, sin indebidas discriminaciones. Permita a los fieles
poder elegir de verdad, sin tener que afrontar consecuencias
negativas, humillaciones y costos gravosos.
Estamos seguros de que a esta súplica se unen las de tantos
hermanos que, en Italia y en el mundo, experimentan el mismo
dolor, pero que muchas veces no tienen voz para poder expresar
su malestar. Lo suplicamos a Su Santidad en nombre de la
Historia y también en nombre de las futuras generaciones y en
nombre de la verdadera unidad de la Iglesia.
Le suplicamos, Santo Padre: ¡no nos deje solos! Rezaremos al
Espíritu Santo, mediante la intercesión de la Santísima e
Inmaculada Virgen María, para que conserve siempre a Su Santidad
en salud, y le de fuerzas y coraje para guiar siempre de modo
eficaz a la Iglesia, ayudándonos a celebrar la Liturgia
Tradicional en nuestras parroquias.
Primero de Julio de 2009, en la Fiesta de la Preciosísima Sangre
de Cristo, con la expresión de nuestra alta estima y respeto,
permaneciendo de Su Santidad devotísimos en Cristo
Paolo y Giovanni
Gandolfo Lambruschini
Muchas
gracias por la traducción al
Mons. Dr. Gustavo Enrique Podestá
www.catecismo.com.ar
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